Marcando en rojo la fecha del 17 de febrero de 2036 en la agenda


No sé si para entonces seguiré vivo. Caso de que así fuera, estaría en jubiloso tiempo (eso si no elevan la edad de jubilación, que todo está por ver). Y además, tendría casi el doble de la edad de Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida Insausti de Vargas Bécquer Bausa cuando falleció aquel 22 de diciembre de 1870, a los 34 años. 

Si la suerte de la vida se porta bien conmigo (o, al menos, no mal), el 17 de febrero de 2036 me gustaría encontrarme recorriendo esa parte de Sevilla del Barrio de San Lorenzo, y en concreto aquella calle que hace dos siglos se llamaba calle Ancha de San Lorenzo donde, en el número nueve de entonces (hoy número 28 de la calle Conde de Barajas), naciera el hijo del conocido pintor costumbrista sevillano José Domínguez Insausti (seguramente más conocido en los círculos artísticos como Pepe o José Bécquer), y hermano de Valeriano Domínguez, pintor también como su padre (y que a la postre firmara sus obras con el nombre de Valeriano Bécquer), un gran desconocido para el público en general, probablemente, pero autor del retrato que ilustraba uno de los billetes de 100 pesetas que circulaban por la España de la década de los setenta del siglo pasado, el veinte.

Pues sí, estamos hablando de Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta español por excelencia de la corriente postrromántica y por el que, a qué negarlo, he venido sintiendo un especial interés y admiración desde hace no pocos años después de hacerme muchas reflexiones acerca de la evolución de la poesía española a lo largo de su historia. Pero este porqué ha de ser contenido de otros textos, no de este.

Ahora, como digo en el título, me traen estas palabras a marcar en rojo como importante para mí una fecha, la del 17 de febrero de 2036, día en que se cumple el bicentenario del nacimiento del Bécquer por excelencia, el más reconocido de todos los Bécquer desde que llegaron a Sevilla sus antepasados a finales del siglo XVI y con antecedentes artísticos al parecer ya en el siglo XVIII en la figura del grabador Juan José Bécquer.

He recorrido en estos años atrás mucho camino tras las huellas de Gustavo y no dejo de reconocer que he recogido mis frutos en consecuencia, los más en emociones. Por logros, reconozco que la vanidad me puede cuando recuerdo que alcanzo mi pequeña ración de gloria, en mi singular experiencia becqueriana, de poder velar las noches del 22 de diciembre la memoria del poeta en la misma habitación en la que expiró; toda una suerte gracias a mi queridísima e inolvidable amiga Alina.

Y ahora tengo recorrido por delante en aras de seguir dejándome llevar por la emociones que me propicia esta actitud que mantengo ante la figura de Gustavo. Diez años por delante hay para muchas cosas. Y si conmemoré, a mi modo, por todo lo alto el 150 aniversario de la muerte del poeta, qué no se me ocurrirá hacer para celebrar los doscientos años del comienzo de su vida, de su primer lloro, si por entonces sigo con los pies en la tierra. Aún no lo sé. Pero no me veo sentado bajo el laurel que existe en aquella casa que Gustavo junto a Valeriano y los hijos de ambos habitaron en la toledana calle de San Ildefonso, esperando que caiga alguna aromática hoja del árbol. In via.

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